La niña secuestrada en Bolivia: "¿Podré recuperar el curso?"

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“¿Podré recuperar el curso?”. De esa forma se dirigió la niña de l’Hospitalet de Llobregat secuestrada en Bolivia durante siete meses al teniente de la Guardia Civil, José Miguel Hidalgo, instantes después de ser liberada en la selva el pasado ocho de marzo. “No te preocupes cariño, seguro que lo recuperarás”, contestó emocionado el oficial.
La pequeña, que siete meses antes había salido de su casa, había sido ocultada desde hacía semanas en la espesura de la selva de un poblado boliviano conocido como Antanauna. Más que una aldea, es una agrupación de menos de una docena de cabañas de madera con suelo de tierra, llamadas chaco. En la parte superior, duermen sus moradores tapados con una manta y ocasionalmente protegidos por una mosquitera. En el piso inferior, se guardan los animales. En ese entorno se movió la pequeña, que fue sometida por su captor a agresiones de todo tipo, incluidas las sexuales, y torturas psicológicas. La soledad se acentuaba porque principalmente estaba rodeada de personas que hablan quechua. Por eso, cuando oyó por primera vez alguien hablando castellano con acento español, reaccionó de inmediato. Notó que volvía a la libertad.
“Se me agarró y se puso a llorar y ya no quiso separarse de mí ni un momento. No se apartó de mí. Me seguía allá donde iba. Tengo la impresión que esa cercanía era un modo de salir de la pesadilla en la que había vivido”, explica Hidalgo, quien ha recorrido durante días para dar con ella kilómetros de selva impenetrable y montado vigilancias en lugares insospechados.
Esta pequeña de diez años –los cumplió en cautividad– tiene un expediente académico muy bueno. “Es una niña con un discurso muy coherente y muy, muy inteligente, eso la ha mantenido con vida. Estoy seguro que otro niño más retraído no hubiera sobrevivido”, comenta Hidalgo. Quizá esa “fuerza e inteligencia” a la que se refiere este oficial de la Guardia Civil son la que permitían a la pequeña explicarse con gran detalle y serenidad. “Estaba segura de que me quedaría aquí aislada en la selva. Creía que nunca iba salir de aquí”. Esta es otra de las confesiones que hizo la pequeña a sus liberadores.
La desventura de esta niña de origen marroquí, cuya familia está radicada en l’Hospitalet de Llobregat, empezó a finales de agosto del año pasado cuando su padre autorizó que viajara a Bolivia en compañía de un vecino del edificio donde viven. Durante meses, Grover Morales, de 36 años, estuvo ganándose la confianza de la familia.
Había llegado a España en 2008 con un nombre falso con el que se movía y se presentaba. Inicialmente, hizo ver que no se interesaba por la niña. Se acercó más bien a la madre a la que le decía que había empezado a visitar mezquitas para convertirse al Islam. Poco a poco fueron llegando regalos, obsequios y dinero en metálico en señal de buena vecindad. Dejó que la familia marroquí se duchara en su piso porque les habían cortado el agua.
Cuando el padre de la pequeña ya había aceptado a Grover como un buen amigo con acceso directo a su familia, se puso sobre la mesa el plan de llevarse a la pequeña un par de semanas a Bolivia. En su papel buen vecino, lo planteó como un premio para la niña por sus buenas notas. La madre, según fuentes del caso, opuso resistencia desde el principio. Se negó a firmar la autorización notarial necesaria para que la pequeña pudiera volar sin sus progenitores. “Entre el padre y Grover, creo que presionaron a la madre para que accediera”, explica el teniente Hidalgo.
La cuestión es que finalmente la niña y Grover volaron a La Paz. Después, llegaron a Santa Cruz. “Cuando nos dirigíamos a la estación de autobuses –relató la pequeña al guardia civil–, me dijo que era culpa mía que se hubiera perdido mi documentación, pero yo nunca la había llevado encima. La tenía él. Empecé a darme cuenta de que las cosas no iban bien”. Aunque poco a poco se fue resignando, al principio le suplicaba que la devolviera a casa y, entonces, Grover le decía: “Como has perdido la documentación, no puedes volver”.
Se acostumbró a no discutir con él y a obedecer en todo, pues sus reacciones eran muy violentas. En una ocasión, a la niña se le cayó un bol de arroz al suelo y se desató la furia del secuestrador. “Le dio una paliza de muerte y le obligó a comerse todo el arroz que había caído por el suelo”, narra el investigador de la Guardia Civil. La obligaba a hacer todo tipo de tareas. “Tú estás aquí para trabajar, no para jugar”, le gritaba cuando la pequeña se distraía. En ocasiones, le pegaba. En otras, abusaba de ella. Decía que la niña era una sobrina suya llamada Evelyn, “pero él la obligaba a hacer vida de pareja”, afirma el teniente.
Hidalgo viajó a Bolivia en dos ocasiones. La primera fue el 27 de enero. Se trasladó a la ciudad de Cochabamba. Habían logrado centrar a Grover en una vivienda. Asaltaron la casa el 30 enero, pero ya no estaban. Se habían ido de allí 24 horas antes. “Fue una desgracia porque el secuestrador no sabía que íbamos a por él, simplemente decidió mudarse a la selva para buscar trabajo de jornalero porque se había quedado sin dinero”, relata el oficial.
Les siguieron la pista cuanto pudieron, pero llegaron unas lluvias torrenciales. Se generaron unas enormes inundaciones en las que murió mucha gente. Se borraban los caminos. “Aquello nos impidió avanzar. Era fatigante en extremo. Yo perdí cinco kilos, pero hubo un compañero que llegó a perder siete”. Volvieron a Madrid, pero permanecieron en contacto con la policía boliviana.
Los acontecimientos se precipitaron de nuevo a principios de marzo. Una información muy fiable situaba a Grover en una zona de la selva cercana a varias plantaciones cocaleras donde, muy probablemente, estaba trabajando de jornalero. Utilizó una radio cabina telefónica de las que hay en esas zonas selváticas. Llamó a un conocido con el que la policía estaba en contacto. Bingo. Ello permitió centrar la búsqueda.
Se hizo un primer intento de llegar al poblado de Antanauana a pie. Tras 18 horas de caminata, tuvieron que desistir. “Queríamos evitar llegar en helicóptero porque ello podía alertar mucho a la gente del poblado”, explica el guardia civil.
A partir de ese momento, se entabla una negociación con un miembro del poblado que actúa de interlocutor con la policía. En el filo de lo posible, se le da garantías de que la llegada de agentes a la zona no está relacionada con el cultivo de planta de coca sino con el secuestro de la pequeña. “Se les explicó que el principal objetivo era recuperar a la niña y el segundo, si era posible, capturar al secuestrador. Además, les dijimos que Grover era un peligro para otros niños del poblado”. Hubo finalmente acuerdo.
Los propios campesinos separaron a la niña del secuestrador. Y a él, lo retuvieron en una cabaña. La pequeña se quedó al cargo de las mujeres del poblado. La extracción tenía que ser muy rápida. “Corríamos el riesgo de ser tiroteados por otros grupos de la selva que desconocían qué hacíamos allí. En la zona, la policía boliviana ha tenido muchas bajas”, relata el teniente Hidalgo. Ese fue el principio del final del cautiverio de la niña.
Grove quedó en manos de la justicia boliviana. “No la violé, fue de mutuo acuerdo. Yo la quería mucho y a través del espíritu, ella lo pedía”, declaró Grover tras su detención. En 2004, este individuo ya fue condenado por la violación de dos de sus hermanas, pero a los pocos años quedó en libertad y huyó a España. “El quiere dar la imagen de ser un extremista religioso algo demente, pero cuando hablaba con nosotros en privado no tenía nada de loco. Es una persona con tendencias pedófilas que busca niñas y las agrede. Eso es lo que es”, sentencia Hidalgo.
“Cuando llegamos al aeropuerto para venir a España, hubo un momento que se impacientó porque éramos de los últimos en embarcar. ‘Venga vámonos ya’, me insistía”, recuerda Hidalgo.
Este oficial de la benemérita explica que la niña quería ver a sus padres que, por el momento, tienen retirada temporalmente la custodia en tanto no se aclare el papel jugado en todo esta historia. Están imputados por un delito de abandono de familia. “El encuentro con sus padres en el aeropuerto del Prat fue breve, pero no creo que fuera frío como algunos han dicho. La madre se vino completamente abajo y no dejó de llorar ni un solo momento. El padre estaba como expectante”. La pequeña tenía un poco de miedo a la reacción de su padre, según le había dicho al teniente.
Tras ese encuentro, la pequeña fue al hospital Sant Joan de Déu para una inspección médica en profundidad. Fuentes del caso aseguran que la niña arrastra secuelas físicas y psíquicas.
Después de que Hidalgo pasara con ella dos días en los que la pequeña fue visitada por médicos y psicólogos y en los que empezaba a acostumbrarse a vivir en un centro de acogida de la Generalitat, llegó el momento de la despedida. “Me dio un beso muy afectuoso y me pidió que le enviara todas las fotos que le había hecho durante nuestro viaje”.

Fuente: lavanguardia.com

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